FIGHT LIKE A GIRL

Era extraño pensar que todas las grandes mujeres de la ficción eran, hasta el día de Jane Austen, no sólo vistas desde el punto de vista del otro sexo, sino también vistas en relación a ellos. [...] Las mujeres han sido esposas, madres e hijas, han servido todos estos siglos de espejos que poseían el poder mágico y delicioso de reflejar la figura de un hombre al doble de su tamaño natural.

La cita de ahí arriba está directamente extraída de Una habitación propia, ensayo de Virginia Woolf que se publicó por primera vez en 1929, no exento entonces de cierta polémica. Rescatado en los años setenta y con el movimiento feminista en pleno auge, el libro se convirtió en todo un icono. En él, Virginia nos habla sobre una cuestión peliaguda para las autoras de la época: la mujer y la literatura. La mujer representada entre sus páginas y la mujer tras ella. En una época donde la educación que recibían hombres y mujeres estaba enfocada de manera muy diferente, las novelistas eran a menudo objeto de burlas por parte de los hombres, encasilladas en lo que se conocía como literatura menor, relegadas al anonimato en muchas ocasiones. Bajo un análisis cercano y sin tapujos, en primera persona, Virginia Woolf reflexiona sobre las mujeres y su relación con el mundo abiertamente machista que las rodea, enfocándose principalmente en las artes.

Ya son más de ochenta años y aún no ha cambiado casi nada.

Las mujeres siguen usando seudónimos para publicar y siguen encontrando trabas para hacerlo. Las mujeres siguen invisibilizadas en géneros como la ciencia ficción, novela negra y fantasía. Las mujeres siguen en el último estante de la librería mientras las novelas escritas por hombres ocupan la mesa de novedades. Las mujeres, dicen, los que ni siquiera las leen, siguen escribiendo libros sólo para mujeres. Nos venden que las que triunfan en un mundo dominado por hombres, son la excepción. Y mientras, nosotras seguimos viéndonos desde la perspectiva de ellos, pero nunca a su imagen y semejanza, a menudo más como un complemente para ensalzar su figura que como alguien con una identidad propia. Nos vemos a través de sus ideales de belleza, a través de sus ideales de hija, madre o esposa.

Vivimos en una sociedad patriarcal y esto se traslada constantemente a la ficción, en más ocasiones como algo que está ahí y que hay que aceptar que como una crítica social. No se denuncia, se normaliza. No se usan los medios de comunicación para crear conciencia, se usan para (des)educarnos, para adoctrinarnos. Nos dicen cómo tenemos que ser y cómo tenemos que vestir, nos dicen cómo encontrar pareja pero nunca nos preguntan si queremos tenerla, nos dicen qué nos tenemos que depilar, cómo y cuándo tenemos que hacerlo, nos tratan como objetos. Y si alzamos la voz, estamos exagerando. Y si respondemos, estamos desafiando lo que ellos creen que es ser una mujer. Entonces, como todo el que sabe que no tiene razón y tampoco tiene argumentos para defenderse, nos atacan.

Estamos rodeadas por la falsa idea de que el machismo son golpes e insultos, y de que cuando esto no se da, no existe. Pero no es cierto. El machismo está en todas partes, en lo que ves claro, sin duda, y en lo que tienes que mirar dos veces. En los anuncios de televisión donde nos dicen que podemos trabajar mientras eso signifique también cuidar de la casa y de los niños. Cada vez que te llaman mujer todoterreno y te hacen sentir culpable por estar cansada, por no querer serlo. En las películas donde somos el premio para el héroe de turno y los libros donde los príncipes tienen que salvar a las princesas. En esas mujeres que tienen que renunciar a su feminidad para llegar más alto, la que nos venden como fuerte, independiente y decidida, que más que como una mujer se siente como uno de los chicos. En que ser vulnerable o sensible, mostrar empatía, es sinónimo de débil. En la que dicen que sólo está ahí porque es guapa. En ese padre que interfiere en la relación sentimental de su hija y en ese novio que le dice que debería adelgazar un poco y que esa falda es demasiado corta. En esos piropos que no pides y en esas prohibiciones que son por tu bien, porque eres una mujer, y las mujeres, al final del día, no tienen elección propia. En las revistas que discuten el tamaño de los pechos de una famosa y en las noticias en las que las mujeres matan a los hombres pero resulta que se mueren solas. En las que ellas son siempre asesinas y ellos presuntos. En el uso engañoso del lenguaje. En cada  "eso también les pasa a ellos", porque eso sólo nos hace invisibles. Nos acalla.

Nos dicen constantemente que las cosas están mejor, pero mejor no es bien. Y yo no quiero callarme hasta que bien sea lo único que valga. Porque mejor desde luego no es suficiente. Incluso ahora, cuando el auge de protagonistas femeninas parece ir viento en popa, estas a menudo giran en torno a la figura de un hombre. Sus pensamientos, sus decisiones, sus acciones más significativas no sirven a un propósito propio, carecen de individualidad. Incluso ahora, cuando una mujer escribe una obra maravillosa, un hombre tiene que promocionarla.

Hay mujeres de todo tipo en la ficción, sí. Y cada vez hay más, también. Pero más representación no significa mejor representación. Más no significa bien escritas. O entendidas. Más no significa que vayamos a vernos reflejadas en ellas. Porque no se trata de escribir mujeres que hagan cosas de hombres. Que renieguen de su propia identidad y del resto de mujeres. Que puedan partirte en dos con una katana o arreglar el motor de un coche mientras los que están detrás de su creación te dicen: mírala, tan bien como lo haría un hombre, como si esa fuese realmente una reivindicación contra el machismo. Tampoco se trata de escribir personajes masculinos que hagan cosas de chicas, en contraparte. Una chica baila, canta, camina, conduce y te patea el culo como una chica porque bueno, ES una chica, y porque es exactamente igual que hacerlo como un chico. Se trata de escribir personajes que hagan cosas, sin más. Que, ojalá y por favor, no exista la comparación y que ojalá y por favor no existan las cosas de chicos y las cosas de chicas. Se trata de alcanzar la igualdad dejando de trazar una línea que separe lo que es propio de una mujer de lo que es propio de un hombre, una línea donde las mujeres que la crucen no sean la excepción sino la norma. Se trata de dejar de calificar, de romper esas barreras. Se trata, sobre todo, de un mismo respeto independientemente del género. Un respeto que hoy por hoy no existe.

Y eso me pone triste.

No, en serio. Muy triste.

Vámonos al cine, a poner un ejemplo: Un estudio que abarca más de ochocientas películas nos dice que, en promedio, por cada personaje femenino hay dos personajes masculinos. Que la cosa se pone aún peor si hablamos de protagonismo. Que los personajes femeninos tienen un promedio de dos veces más de relaciones sexuales en pantalla que su contraparte masculina. Que los desnudos triplican la cuenta. Y que todo esto sigue aumentando. ¿Qué mensaje se transmite? Que es el cuerpo de la mujer el que se sigue usando día tras día como reclamo y mercancía, que se confunde la libertad sexual con la sexualización, que en aún más casos un papel protagónico femenino da la sensación de no poder funcionar sin un rol que la ate a un hombre. Que aún cuando las mujeres consumimos tanta ficción como los hombres, la mayoría va dirigida a un público masculino.

La brecha de género está ahí y es evidente. No lo digo yo, lo dicen los datos. Un método que se ha vuelto común en los últimos años es el test de Bechdel, principalmente utilizado en el cine. Este test apareció por primera vez en 1985 en una tira del popular cómic Dykes to watch our for (Unas lesbianas de cuidado, en España), obra de Alison Bechdel. En ella dos mujeres están a la puerta de un cine y discuten sobre si ver o no ver una película. A esto, una de las mujeres responde que ella sólo ve las que cumplen una serie de requisitos muy básicos. Sin embargo, tras un rápido vistazo a la cartelera, se marchan.

Estas son las reglas:



1. La película tiene que contar con al menos dos mujeres. 
2. Las mujeres deben hablar entre ellas. 
3. El tema del que hablen no puede girar en torno a un hombre.
 
Cómic original.

Este test no es ni de lejos un sello de garantía para la igualdad de género. Hay películas con un contenido sumamente machista que lo pasan y películas que sin cumplir las tres claves no van a pecar de sexistas. No es un test infalible, pero de una forma útil y básica sirve para hacer una evaluación rápida sobre cuánta presencia femenina nos encontraremos con respecto a la masculina. Valorar el papel que juegan en ellas ya es cosa nuestra. Películas tan famosas como Harry Potter, Star Wars, Los Vengadores o El padrino, libros como El planeta de los simios, no pasan la prueba. La cosa se complica si se exige que todos los personajes femeninos tengan nombre o que la conversación sea durante como mínimo sesenta segundos.

Así que sí, la representación de la mujer está ahí, en todas partes. El problema no es que no exista, el problema es que en su mayoría resulta una representación poco acertada, arraigada a valores y estereotipos que derivan de una sociedad que no nos permite, como mujeres, el grado de expresión y libertad que nos merecemos. Que queremos.

Porque somos la mitad de la población y parece que no les interesa nuestra opinión. Tendremos que gritar más fuerte.


ALGO SOBRE EL TEMA:

TODOS DEBERÍAMOS SER FEMINISTAS, Chimamanda Ngozi Adichie. Corto, informativo y directo al grano. A través de experiencias personales de la autora esta nos habla da su personal visión sobre la mujer del siglo XXI. Sin perder un toque siempre positivo nos relata lo que hemos conseguido y lo que aún nos queda por conseguir para vivir en un mundo más justo. 
UNA HABITACIÓN PROPIA, Virginia Woolf. Indispensable tanto por tratar el tema de la mujer como autora y creadora como por tratar el tema de la mujer como personaje en la ficción. Inteligente, evocador, muy particular, muy Virginia Woolf. 
TEORÍA KING KONG, Virginie Despentes. Esta autora no deja títere con cabeza, le importa muy poco ser políticamente correcta. Y si te ofende, es tu problema. Sabe lo que quiere contar y lo cuenta, y lo que te cuenta  no te deja indiferente. Puedes o no puedes estar de acuerdo, pero su visión, que toca temas tan espinosos como la violación, prostitución y pornografía,  vivencias personales, surge su efecto: hacerte pensar. 
BITCH PLANET, Kelly Sue DeConnick. La única obra de ficción que incluyo en esta lista y, además, en forma de cómic. En un hipotético futuro el machismo y la sociedad patriarcal castiga a las mujeres desobedientes, a las que no se ajustan a los cánones que ellos han determinado, llegando al extremo de crear una cárcel fuera del planeta donde son enviadas con la esperanza de adoctrinarlas o, en su defecto, deshecharlas. DeConnick nos narra una historia compleja y sin tabúes, repleta de crítica que, como poco, da para hablar largo y tendido.